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Don Velázquez

Don Velázquez y el ojo Real.
-Velázquez pinta al Rey. Lo pinta a Él y a todo lo que su
ojo ve y ama. Pinta a su mujer, a sus meninas, sus
infantes, sus conquistas militares, sus bufones y pinta
también a sus perros. Pinta al Rey solamente, pintando todo
lo que el ojo Real ve y ama.
-Velázquez pinta al Único que lo deja pintar y vivir
holgadamente. Al único en esos tiempos, que podía igualar
la destreza de pincel con la destreza de espada.
-Velázquez pinta todo lo que el ojo del Rey señala como
digno de la destreza de pincel, que es lo mismo que la
destreza de espada defendería si se lo señalaran.
- El ojo del Rey señala lo por Él ya visto para volver a
verlo, y para que todos los ojos posteriores sepan lo que
Él veía al verlo pintado.
-Velázquez pinta sin ver; y de esa forma su destreza ciega
se vuelve más precisa. No necesita Velázquez ver lo ya
visto, sólo debe recordarlo con su pincel.
- Nosotros no vemos ni a Velázquez ni al Rey. Vemos el
recuerdo de lo que Velázquez no vió nunca. Vemos lo visto
por el ojo del Rey. Vemos desde el ojo Real.
- Desde el ojo Real la serenidad es soberana. Nuestra
obediencia hacia todo lo visto se calma, quedando sólo lo
visto por el ojo Real que ve amando. Lo que hemos visto
odiando no fue pintado por Velázquez.
-Volver a ver lo amado por el ojo Real, es no ver lo que
hemos visto odiando. En ese momento, de todo lo por
nosotros visto solamente lo amado es soberano.
- Tal vez el ver lo amado y luego recordado con destreza,
sea la forma de lograr la serenidad, para seguir recordando
todo lo que hemos visto odiando, mientras vivíamos con
destreza, amando.
Don Velázquez y Don Enano
Don Velázquez,
¿ Por qué Usted me pinta a mí que soy enano?
Porque Don Enano,
Mi pincel mejora lo maldado y corrige lo excéntrico.
Pero Don Velázquez,
Sigo enano y no mejoro nada ni me vuelvo concéntrico.
Más le vale Don Enano,
Pues el Rey no le daría servicio si no fuera enano
declarado.
Además Don Enano,
Yo vuelvo enana a la misma Infanta al pintarla niña,
Y el Rey ama a la niña quedada enana para siempre.
El Rey y la Infanta aman a los enanos y por eso yo los
pinto.
Don Velázquez, el Rey
¿ le permite mezclar regios enanos con otros ordinarios?
Lo permite, Don Enano
Porque dicen que los niños son enanos que se curan al crecer
Y los enanos, niños que prefieren no crecer ni llegar a
Grandes.
Dígame, Don Velázquez,
¿ Por qué los Grandes de España aman a los enanos?.
Don Enano, lo hacen
De puro Grandes que son, aman a los que nunca lo serán.
Y a Usted, Don Velázquez
¿Quién le dijo que yo no soy un gigante que se achica?
Don Enano
Si Usted se achica, nosotros nos volvemos pequeños a la par,
Porque nada se nota en el mundo de las proporciones mutuas.
Don Velázquez,
Déjese de enanos y pinte por fin un gigante que se achica.
Cuando el Rey
Me otorgue un espacio equivalente al de un gigante
Para poder pintarlo a él como a un par, al verlo completo,
Yo pintaré un gigante que se vuelve enano por la Infanta.
Don Velázquez,
Yo de gigante a enano lo hago por gusto mío no por las
Infantas.
Quienes perversas son al volverse enanas para disfrute del
Rey.
Don Enano
Las infantas son mis amas y se vuelven enanas en mi pintura
Para goce de su padre mi Rey y no hay nada malo en ello
Ni tampoco en que mis amas amen desde niñas a los enanos.
Y déjese de impertinencias y no se mueva, que la pintura
suya
No por ser la de un enano, dejará de tener la calidad que
se merece
Y Usted pintado movido, más que enano, parecerá la menina
de Picasso.
La Infanta Doña Margarita y el enano
Doña Infanta,
siendo su Merced de noble Casa Real,
¿por qué la llena con enanos como yo?.
Don Enano, mi noble Casa Real
se llena con lo que me place y Usted bien lo hace.
Su Majestad niña,
Siendo yo enano contrahecho. Eso, ¿ a Usted le place?
Eso no, Don Enano
Me place que haya adultos de mi tamaño cerca mío.
En eso Doña Infanta, coincidimos
pues a mí me gustan cerca, niñas también del mío.
Don Enano, los tamaños
Siempre deben ser iguales en todas las relaciones.
Pero Doña Infanta
Usted seguirá creciendo y yo, a esperar otra Infanta.
Eso Don Enano
le pasa por ser amado por pequeñas Infantas
que serán las Reinas Madres de otras similares.
Al nacer Usted, Doña Infanta
yo fui un regalo del Rey de Inglaterra para su goce,
y para que me jugara como a un muñeco cautivo.
Creo que mi condición de pequeño me vuelve juguete.
Puede ser Don Enano
Pero las Infantas no lo sienten a Usted un juguete,
Es más, conozco alguna que desea ser jugada por Usted.
Mi futura Alteza,
tenga a bien no ilusionarme pues nada he tenido en la vida
y saberme deseado por una Infanta es una ofrenda divina,
es un sueño nunca imaginado, y es algo que dará envidia.
La envidia es el dolor
de los que nos miran y queriéndolo no pueden visitarnos,
por no poder reconocer que lo que saben de sí mismos
les da dolor, por no ser lo que quisieran saber de ellos.
Bueno mi Doña, sepa
que mi vida está determinada por la Infanta que me ama.
Que soy enano amado por Infanta desconocida,
que Usted hágame saber de quién soy la prenda.
Don Enano
No voy a traicionar a nadie al revelar mi propio nombre.
Soy yo quién os ama y se ofrece completa a los juegos
Que Usted, divertido Don Enano, me insinúa desde niña.
En el momento en que el enano penetraba a Doña Infanta,
entraron al salón, el Rey Don Felipe seguido por Don
Velázquez.
Don Enano en la mazmorra de Palacio
En la mazmorra de Palacio cuelga cabeza abajo atado como un
fiambre, desnudo y amordazado Don Enano, deforme designado
para la Infanta Doña Margarita.
Entran al recinto el Rey, Don Felipe, seguido por Don
Velázquez.
Don Velázquez:
Su Altísima Serenidad, pude al fin pender al enano a
nuestra inversa, pero dióme mucho trabajo, sepa su Merced
que no es práctica de mi oficio.
Don Felipe, el Rey:
Ni del mío por supuesto, pero vuelva a saber Don Velázquez,
que lo que vimos; lo que este enano indecente estaba
haciendo con mi Infanta, es algo que sabremos solamente
Usted y yo, además de los practicantes.
Y que por eso, la vejación, tortura y muerte de la Bestia,
es también nuestra prerrogativa. Usted como menestral que
ejerce oficio de mano se ocupará de ejercitar lo físico.
Mientras que yo por Ser quién sigo Siendo, disfrutaré del
dolor bestial y le otorgaré a Usted la Orden de Santiago
cuando termine con éste enano inmundo.
A propósito (dice mirando al enano), esto más que Bestia
parece un chorizo en mal estado...
Don Velázquez:
Mi Dueño desde siempre, mi Rey, todo se hará según Usted lo
diga o sugiera, mis humildes manos son suyas. Si pudieron
pintar con belleza a la Infanta, podrán matar con venganza
a quién la mancilló. La Orden de Santiago por Usted
prometida es mi afán por tener limpieza de sangre; ni árabe
ni judío ninguno, en una familia que pasó con ellos
novecientos años (todo un logro si vemos lo que pasa en
Palacio). En cuanto al chorizo, siempre estuvo en mal
estado, yo he podido a los latigazos hacerle confesar que
era tan grande el deseo por la Infanta, que apenas la
penetró vertió dentro de ella el semen multiplicador.
Don Felipe, el Rey:
Entonces debemos ser cautos y esperar las Reglas reales de
la Infanta, no vaya a ser que además de seducida la Bestia
nos la deje viuda. Y vaya a saber, Don Velázquez, que
pensará de su Padre la Infanta, al saber que su primer
hombre murió como un chorizo en la mazmorra de la familia.
Esperemos a ver si tuvo anclaje la nutriente de este enano
desagradable, mientras tanto póngalo desnudo a dormir con
los cerdos, quiera Dios darme satisfacción, y que los
animales se almuercen las partes pudendas del enano
genitalísimo.
A los nueve meses
Nacieron dos enanos de tres kilogramos cada uno en el mayor
secreto, con la complicidad de toda la familia real.
A los diez meses
El enano se mudó con sigilo desde el porquerizo al aposento
de la infanta, con la excusa Real de defenderla en la noche
de los infieles, pero con el permiso expreso de hacerla
suya a su requerimiento.
A los once meses
El Rey ya sabía que los cerdos no habían almorzado lo por
él deseado, a juzgar del disfrute que vivía la Infanta con
el Enano en el aposento infantil.
A los catorce meses
La Infanta casóse con un noble, gil y cornudo pero que dió
paternidad respetable y acorde a las necesidades del reino.
Para su honorable satisfacción pidió la Embajada ante el
Imperio Otomano, desde donde nunca volvió, ni nadie supo
qué pasó con él entre tantos infieles.
A los cuarentayocho meses.
Los dos enanos, subido uno arriba del otro y cubiertos por
una capa, parecían un niño normal y hasta bello dentro de
su rareza de príncipe.
A los cientoveinte meses.
Montaban los corceles de a dos, bailaban la Sarabanda y la
Contramarcha encimados, pero con destreza y encanto, y eran
uno, también para todo lo demás.
A los cientoochenta meses.
Los enanos desfloraban rudas campesinas de Castilla, las
cuales en la obscuridad creían estar con un joven ubícuo, y
palpadas de manos por varios ebrios macacos.
A los cientonoventáidos meses.
Don Felipe, el Rey, murió de quién sabe que cosa, pues en
esas fechas los diagnósticos eran de carácter maravilloso y
la gente moría de fiebres saturninas o cosas de ésas. Por
lo súbito de la muerte la Corte supo que su dueño, el Rey,
dormía desde siempre con dos enanos pero de raza negra.
A los doscientosdos meses.
El anatema papal por práctica antinatura, se consiguió
archivar entregándole al Papa, todas las meninas que pintó
Don Velázquez, y que pasaron de cuidar a su dueña la
Infanta a cuidarse del viejo repugnante que también fue
pintado por Don Velázquez.
A los doscientosdiéciseis meses.
Fueron coronados Rey los dos enanos ensamblados, y se les
impuso el nombre de Carlos II de España, último monarca
español de la Casa de Austria.
A los cientoveinte años.
Un enano descendiente de los Reales de España pero de la
rama de los franceses, al ver desaparecer la monarquía en
las garras republicanas, quiso seducir a todas las Infantas
disponibles en ese último momento. La Historia lo conoce
como Donatien Alfonse Francois de Sade. Marquis de Sade.
A los doscientosdiez años
Otro enano de la rama francesa que conservaba la mímesis de
los macacos, quiso igualar a Don Velázquez con resultados
dispares.
Lo conocemos como el Conde Henri de Tolouse- Lautrec, y por
lo que sabemos, desde su noble cuna se bajaba bien
dispuesto a cualquier camastro, donde le amaran a pesar de
su deformidad.
A los nosécuántosaños,
Hubo un enano oriental que llegó sin invitación alguna y
que dijo ser descendiente del Rey Carlos II y se impuso a
sí mismo el nombre de Carlos Saúl I, y nos gobernó a los
argentinos con ritmo chévere durante diez años.
A los catorcemil años
Los enanos consiguieron dominar la Tierra, al vencer a los
travestis en la batalla de Palermo Hollywood, batalla que
se tuvo que definir por penales porque los enanos no metían
goles porque se enamoraban de los travestis y andaban tan
amontonados que más que Fútbol parecía Rugby.
Al día siguiente
El Mundo, harto de los enanos, se fue al otro Mundo,
dejando a millones de enanos flotando en medio de la Nada,
la cual tampoco se manifestó interesada en ellos y los
ignoró por siempre.
Algunos travestis colgaban todavía por debajo de algunos
enanos, cuando los ví por última vez.
Don Alfredo de Benavidez y Bedoya. Escribiente designado
para historiar las venturas y desventuras de Don Enano, de
la Infanta enamorada, de Su Padre el Rey, y de Don
Velázquez, el pintor de todos ellos.
Alfredo Benavidez Bedoya


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