HOME

grabados

dibujos

libros ilustrados

arte erótico

libros de autor

objetos y esculturas

textos

curriculum

novedades

contacto

 

•••
Alfredo Benavidez Bedoya

novedades / Don Velázquez

Don Velázquez

Don Velázquez y el ojo Real.



-Velázquez pinta al Rey. Lo pinta a Él y a todo lo que su

ojo ve y ama. Pinta a su mujer, a sus meninas, sus

infantes, sus conquistas militares, sus bufones y pinta

también a sus perros. Pinta al Rey solamente, pintando todo

lo que el ojo Real ve y ama.



-Velázquez pinta al Único que lo deja pintar y vivir

holgadamente. Al único en esos tiempos, que podía igualar

la destreza de pincel con la destreza de espada.



-Velázquez pinta todo lo que el ojo del Rey señala como

digno de la destreza de pincel, que es lo mismo que la

destreza de espada defendería si se lo señalaran.



- El ojo del Rey señala lo por Él ya visto para volver a

verlo, y para que todos los ojos posteriores sepan lo que

Él veía al verlo pintado.



-Velázquez pinta sin ver; y de esa forma su destreza ciega

se vuelve más precisa. No necesita Velázquez ver lo ya

visto, sólo debe recordarlo con su pincel.



- Nosotros no vemos ni a Velázquez ni al Rey. Vemos el

recuerdo de lo que Velázquez no vió nunca. Vemos lo visto

por el ojo del Rey. Vemos desde el ojo Real.



- Desde el ojo Real la serenidad es soberana. Nuestra

obediencia hacia todo lo visto se calma, quedando sólo lo

visto por el ojo Real que ve amando. Lo que hemos visto

odiando no fue pintado por Velázquez.



-Volver a ver lo amado por el ojo Real, es no ver lo que

hemos visto odiando. En ese momento, de todo lo por

nosotros visto solamente lo amado es soberano.



- Tal vez el ver lo amado y luego recordado con destreza,

sea la forma de lograr la serenidad, para seguir recordando

todo lo que hemos visto odiando, mientras vivíamos con

destreza, amando.





Don Velázquez y Don Enano



Don Velázquez,

¿ Por qué Usted me pinta a mí que soy enano?

Porque Don Enano,

Mi pincel mejora lo maldado y corrige lo excéntrico.

Pero Don Velázquez,

Sigo enano y no mejoro nada ni me vuelvo concéntrico.

Más le vale Don Enano,

Pues el Rey no le daría servicio si no fuera enano

declarado.

Además Don Enano,

Yo vuelvo enana a la misma Infanta al pintarla niña,

Y el Rey ama a la niña quedada enana para siempre.

El Rey y la Infanta aman a los enanos y por eso yo los

pinto.

Don Velázquez, el Rey

¿ le permite mezclar regios enanos con otros ordinarios?

Lo permite, Don Enano

Porque dicen que los niños son enanos que se curan al crecer

Y los enanos, niños que prefieren no crecer ni llegar a

Grandes.

Dígame, Don Velázquez,

¿ Por qué los Grandes de España aman a los enanos?.

Don Enano, lo hacen

De puro Grandes que son, aman a los que nunca lo serán.

Y a Usted, Don Velázquez

¿Quién le dijo que yo no soy un gigante que se achica?

Don Enano

Si Usted se achica, nosotros nos volvemos pequeños a la par,

Porque nada se nota en el mundo de las proporciones mutuas.

Don Velázquez,

Déjese de enanos y pinte por fin un gigante que se achica.

Cuando el Rey

Me otorgue un espacio equivalente al de un gigante

Para poder pintarlo a él como a un par, al verlo completo,

Yo pintaré un gigante que se vuelve enano por la Infanta.

Don Velázquez,

Yo de gigante a enano lo hago por gusto mío no por las

Infantas.

Quienes perversas son al volverse enanas para disfrute del

Rey.

Don Enano

Las infantas son mis amas y se vuelven enanas en mi pintura

Para goce de su padre mi Rey y no hay nada malo en ello

Ni tampoco en que mis amas amen desde niñas a los enanos.

Y déjese de impertinencias y no se mueva, que la pintura

suya

No por ser la de un enano, dejará de tener la calidad que

se merece

Y Usted pintado movido, más que enano, parecerá la menina

de Picasso.





La Infanta Doña Margarita y el enano

Doña Infanta,

siendo su Merced de noble Casa Real,

¿por qué la llena con enanos como yo?.

Don Enano, mi noble Casa Real

se llena con lo que me place y Usted bien lo hace.

Su Majestad niña,

Siendo yo enano contrahecho. Eso, ¿ a Usted le place?

Eso no, Don Enano

Me place que haya adultos de mi tamaño cerca mío.

En eso Doña Infanta, coincidimos

pues a mí me gustan cerca, niñas también del mío.

Don Enano, los tamaños

Siempre deben ser iguales en todas las relaciones.

Pero Doña Infanta

Usted seguirá creciendo y yo, a esperar otra Infanta.

Eso Don Enano

le pasa por ser amado por pequeñas Infantas

que serán las Reinas Madres de otras similares.

Al nacer Usted, Doña Infanta

yo fui un regalo del Rey de Inglaterra para su goce,

y para que me jugara como a un muñeco cautivo.

Creo que mi condición de pequeño me vuelve juguete.

Puede ser Don Enano

Pero las Infantas no lo sienten a Usted un juguete,

Es más, conozco alguna que desea ser jugada por Usted.

Mi futura Alteza,

tenga a bien no ilusionarme pues nada he tenido en la vida

y saberme deseado por una Infanta es una ofrenda divina,

es un sueño nunca imaginado, y es algo que dará envidia.

La envidia es el dolor

de los que nos miran y queriéndolo no pueden visitarnos,

por no poder reconocer que lo que saben de sí mismos

les da dolor, por no ser lo que quisieran saber de ellos.

Bueno mi Doña, sepa

que mi vida está determinada por la Infanta que me ama.

Que soy enano amado por Infanta desconocida,

que Usted hágame saber de quién soy la prenda.

Don Enano

No voy a traicionar a nadie al revelar mi propio nombre.

Soy yo quién os ama y se ofrece completa a los juegos

Que Usted, divertido Don Enano, me insinúa desde niña.

En el momento en que el enano penetraba a Doña Infanta,

entraron al salón, el Rey Don Felipe seguido por Don

Velázquez.







Don Enano en la mazmorra de Palacio





En la mazmorra de Palacio cuelga cabeza abajo atado como un

fiambre, desnudo y amordazado Don Enano, deforme designado

para la Infanta Doña Margarita.

Entran al recinto el Rey, Don Felipe, seguido por Don

Velázquez.



Don Velázquez:

Su Altísima Serenidad, pude al fin pender al enano a

nuestra inversa, pero dióme mucho trabajo, sepa su Merced

que no es práctica de mi oficio.





Don Felipe, el Rey:

Ni del mío por supuesto, pero vuelva a saber Don Velázquez,

que lo que vimos; lo que este enano indecente estaba

haciendo con mi Infanta, es algo que sabremos solamente

Usted y yo, además de los practicantes.

Y que por eso, la vejación, tortura y muerte de la Bestia,

es también nuestra prerrogativa. Usted como menestral que

ejerce oficio de mano se ocupará de ejercitar lo físico.

Mientras que yo por Ser quién sigo Siendo, disfrutaré del

dolor bestial y le otorgaré a Usted la Orden de Santiago

cuando termine con éste enano inmundo.

A propósito (dice mirando al enano), esto más que Bestia

parece un chorizo en mal estado...



Don Velázquez:

Mi Dueño desde siempre, mi Rey, todo se hará según Usted lo

diga o sugiera, mis humildes manos son suyas. Si pudieron

pintar con belleza a la Infanta, podrán matar con venganza

a quién la mancilló. La Orden de Santiago por Usted

prometida es mi afán por tener limpieza de sangre; ni árabe

ni judío ninguno, en una familia que pasó con ellos

novecientos años (todo un logro si vemos lo que pasa en

Palacio). En cuanto al chorizo, siempre estuvo en mal

estado, yo he podido a los latigazos hacerle confesar que

era tan grande el deseo por la Infanta, que apenas la

penetró vertió dentro de ella el semen multiplicador.



Don Felipe, el Rey:

Entonces debemos ser cautos y esperar las Reglas reales de

la Infanta, no vaya a ser que además de seducida la Bestia

nos la deje viuda. Y vaya a saber, Don Velázquez, que

pensará de su Padre la Infanta, al saber que su primer

hombre murió como un chorizo en la mazmorra de la familia.

Esperemos a ver si tuvo anclaje la nutriente de este enano

desagradable, mientras tanto póngalo desnudo a dormir con

los cerdos, quiera Dios darme satisfacción, y que los

animales se almuercen las partes pudendas del enano

genitalísimo.



A los nueve meses

Nacieron dos enanos de tres kilogramos cada uno en el mayor

secreto, con la complicidad de toda la familia real.



A los diez meses

El enano se mudó con sigilo desde el porquerizo al aposento

de la infanta, con la excusa Real de defenderla en la noche

de los infieles, pero con el permiso expreso de hacerla

suya a su requerimiento.



A los once meses

El Rey ya sabía que los cerdos no habían almorzado lo por

él deseado, a juzgar del disfrute que vivía la Infanta con

el Enano en el aposento infantil.



A los catorce meses

La Infanta casóse con un noble, gil y cornudo pero que dió

paternidad respetable y acorde a las necesidades del reino.

Para su honorable satisfacción pidió la Embajada ante el

Imperio Otomano, desde donde nunca volvió, ni nadie supo

qué pasó con él entre tantos infieles.







A los cuarentayocho meses.

Los dos enanos, subido uno arriba del otro y cubiertos por

una capa, parecían un niño normal y hasta bello dentro de

su rareza de príncipe.



A los cientoveinte meses.

Montaban los corceles de a dos, bailaban la Sarabanda y la

Contramarcha encimados, pero con destreza y encanto, y eran

uno, también para todo lo demás.



A los cientoochenta meses.

Los enanos desfloraban rudas campesinas de Castilla, las

cuales en la obscuridad creían estar con un joven ubícuo, y

palpadas de manos por varios ebrios macacos.



A los cientonoventáidos meses.

Don Felipe, el Rey, murió de quién sabe que cosa, pues en

esas fechas los diagnósticos eran de carácter maravilloso y

la gente moría de fiebres saturninas o cosas de ésas. Por

lo súbito de la muerte la Corte supo que su dueño, el Rey,

dormía desde siempre con dos enanos pero de raza negra.



A los doscientosdos meses.

El anatema papal por práctica antinatura, se consiguió

archivar entregándole al Papa, todas las meninas que pintó

Don Velázquez, y que pasaron de cuidar a su dueña la

Infanta a cuidarse del viejo repugnante que también fue

pintado por Don Velázquez.



A los doscientosdiéciseis meses.

Fueron coronados Rey los dos enanos ensamblados, y se les

impuso el nombre de Carlos II de España, último monarca

español de la Casa de Austria.



A los cientoveinte años.

Un enano descendiente de los Reales de España pero de la

rama de los franceses, al ver desaparecer la monarquía en

las garras republicanas, quiso seducir a todas las Infantas

disponibles en ese último momento. La Historia lo conoce

como Donatien Alfonse Francois de Sade. Marquis de Sade.



A los doscientosdiez años

Otro enano de la rama francesa que conservaba la mímesis de

los macacos, quiso igualar a Don Velázquez con resultados

dispares.

Lo conocemos como el Conde Henri de Tolouse- Lautrec, y por

lo que sabemos, desde su noble cuna se bajaba bien

dispuesto a cualquier camastro, donde le amaran a pesar de

su deformidad.



A los nosécuántosaños,

Hubo un enano oriental que llegó sin invitación alguna y

que dijo ser descendiente del Rey Carlos II y se impuso a

sí mismo el nombre de Carlos Saúl I, y nos gobernó a los

argentinos con ritmo chévere durante diez años.





A los catorcemil años

Los enanos consiguieron dominar la Tierra, al vencer a los

travestis en la batalla de Palermo Hollywood, batalla que

se tuvo que definir por penales porque los enanos no metían

goles porque se enamoraban de los travestis y andaban tan

amontonados que más que Fútbol parecía Rugby.



Al día siguiente

El Mundo, harto de los enanos, se fue al otro Mundo,

dejando a millones de enanos flotando en medio de la Nada,

la cual tampoco se manifestó interesada en ellos y los

ignoró por siempre.

Algunos travestis colgaban todavía por debajo de algunos

enanos, cuando los ví por última vez.

Don Alfredo de Benavidez y Bedoya. Escribiente designado

para historiar las venturas y desventuras de Don Enano, de

la Infanta enamorada, de Su Padre el Rey, y de Don

Velázquez, el pintor de todos ellos.



Alfredo Benavidez Bedoya















volver arriba
 

WebDesign: mancovsky