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Alfredo Benavidez Bedoya

novedades / Traducción J.Veermer

Traducción J.Veermer



VISTA DE DELFT

JOHANNES (JAN) VERMEER



AUTOR: MICHEL HILAIRE

TRADUCCIÓN del francés:

PROF. ALFREDO BENAVIDEZ BEDOYA

Beaux Arts Magazine.









La “Vista de Delft” propone el problema del realismo en la

pintura holandesa del siglo XVII y muy particularmente en

la obra de Vermeer. Hay dos aspectos en la personalidad del

pintor, por un lado una inclinación hacia la racionalidad y

por otro, una sensibilidad extrema. Vermeer es el autor

de “El Astrónomo” y del “Geógrafo” pero también de “La

Bordadora”. Estos dos aspectos se encuentran en la “Vista

de Delft”. Como muchos de los pintores de su época, Vermeer

ha seguramente meditado sobre el tratado de perspectiva de

J. Vredeman de Vries publicado en 1604. Tuvo también

contactos con su conciudadano , el sabio Antoine van

Leevwenbock, apasionado por los problemas de óptica (fue el

inventor del microscopio). Ciertos cuadros como la “Vista

de Delft” o “La Vidriera de un Comerciante de Música” de

Carel Fabritius (National Gallery, Londres) prueban que los

pintores recurrían a lentes ópticas y a espejos para la

construcción de sus pinturas. Hay que agregar a esto, la

utilización de la “cámara obscura”, mencionada mucho en el

caso del cuadro de Vermeer.

La “Vista de Delft“ se inscribe dentro de la larga

tradición de vistas topográficas que se remontan al siglo

XVI. Hendrick Vroom, Pieter Saenredam y Jan van Heyden

pintaron ciudades y monumentos célebres, en 1618, Esaías

van de Velde pintó una “Vista de Zierikzee” que ofrece, con

un poco más de distancia, la misma composición que

la “Vista de Delft”.

Mirando el paisaje con más detenimiento, podremos notar

varias cosas. La vista esta tomada de la otra orilla del

canal del Schie que corre al sur de Delft, hacia Rótterdam.

En el extremo derecho, la puerta de Rótterdam y, resaltada

por un pequeño puente, la otra puerta de la ciudad, la

puerta de Schiedam (puerta del sur). Entre las dos,

iluminado por el sol, el campanario de la Nieuwe Kerk

(nueva iglesia), cuyo interior fue pintado por Gerrit

Houckgeest y Emmanuel de Witte. Allí Vermeer fue bautizado

el 31 de octubre de 1632. Más a la izquierda, el campanario

de la Oude Kerk (antigua iglesia) donde el pintor fue

amortajado el 15 de septiembre de 1675. He aquí definido el

escenario en el cual Vermeer pasó toda su vida.

En el caso de la ”Vista de Delft” (como en toda la Escuela

holandesa del siglo XVII), la explicación realista no

alcanza. Si comparamos la pintura con planos o vistas de la

ciudad (el plano de Delft por Blaen de 1649, el de De Ram

de 1675 o el dibujo de Abraham Rademaker que ofrece el

mismo punto de vista), nos podemos dar cuenta que el

artista ha modificado la realidad topográfica para

satisfacer sus propias exigencias artísticas. El pintor

omite algunos detalles, destaca un campanario o regulariza

el perfil de los techos. Busca, ante todo, como verdadero

artista, armonizar las formas, simplificar, poner el acento

sobre las líneas horizontales, creando de esta forma una

suerte de friso ininterrumpido entre el cielo y el agua. La

ciudad esta pintada “al natural”: eso es lo que nos la

ofrece tan seductora y tan moderna.

Lo que llama la atención en el primer abordaje, es la

solidez de las formas acentuadas por los reflejos

simétricos en el agua. Maxime du Camp dice a este

respecto: “Esta pintada con un vigor, una solidez, un

empaste cerrado muy raros entre los paisajistas

holandeses”. Se tiene la impresión que el pintor ha

literalmente construido su ciudad con el color:

transparencias, empastes, colores aplicados por anchos

planos.

Cada parte esta pintada en sí misma, “los tejados

centellantes” o el “pequeño trozo de muro amarillo” de los

que habla Marcel Proust, pero sin que la cohesión del

conjunto corra peligro. El efecto producido, según la

expresión de R. Longhi es una suerte de “naturaleza muerta

de ciudad”.

La gama cromática es la habitual en el artista: alianza de

tonos fríos y cálidos, ocres, rojos, azules, grises y todo

en delicados matices. La belleza misma de la obra reside

esencialmente en la luz: el golpe de sol que entra por la

derecha, ilumina los techos de la ciudad en el último plano

y deja en la sombra el primer plano. Es el verano, a juzgar

por los árboles que tienen sus flores (el verde ha virado

seguramente al azul). El pintor ha diseminado sobre los

muros, los árboles y la barcaza amarrada a la derecha (el

borde de la barca lleva un azul equivalente al de “La

Joven con Turbante”), pequeñas gotitas de color según

técnica de “puntillismo”, más finamente empleada aquí que

en “La lechera” del Rijksmuseum de Ámsterdam.

Vermeer anima la superficie del cuadro equilibrando aquello

que las formas pudieran tener de demasiado compacto. De

esta forma, crea una impresión general de frescura húmeda

característica del clima holandés. Esta belleza concentrada

en la atmósfera, junto a la indicación de la hora, siete y

diez en el cuadrante de la puerta de Schiedam, es lo que

hace pensar en las búsquedas de los impresionistas y

particularmente en el pintor de la Catedral de Ruán (Monet).

La hora matinal explica la impresión de extraña calma que

nos muestra la tela. La ciudad no esta aún animada. Apenas

algunas siluetas, conversan al borde del canal (a la

derecha de la mujer vista de espaldas, se descubre el

arrepentimiento de una tercera figura que el pintor ha

borrado). Vermeer buscaba ante todo rendirle un homenaje a

la ciudad donde pasó su vida, Delft, que a pesar de su vida

comercial había conservado su carácter provincial en esos

años (1660-1661).

La “Vista de Delft” es una pintura que impresiona siempre.

Pocas obras, entre las que podemos nombrar las de

Caravaggio, ofrecen tanta densidad y una inmediatez tan

grande de la sensación. ¿Será acaso éste el último paisaje

producido por el caravaggismo?, el cuál siempre se mostró

hostil al género. Podemos notar además que esta pintura,

por la significación clásica de sus formas y la calidez de

la luz se acerca a las más altas realizaciones del paisaje

ideal o heroico de Claude Lorraine o Poussin que son sus

contemporáneos. En todo caso, esta pintura no puede

compararse a ningún otro paisaje holandés, de Van Goyen a

Ruisdael. Él se muestra excepcional en su siglo y en la

carrera del artista, como las dos “Vistas de la Villa

Médicis” de Velázquez, pintadas una decena de años antes.





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